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Sábado, 26 de septiembre de 2026

Santos Cosme y Damián, mártires

Tiempo Ordinario · Verde · Ciclo A

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santos Cosme y Damián, mártires.

V. Venid a ver las obras del Señor. R. Las maravillas que hace en la tierra.

Himno

Señor, tú que llamaste

del fondo del no ser todos los seres,

prodigios del cincel de tu palabra,

imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste

la bella nave azul en que navegan

los hijos de los hombres, entre espacios

repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste

la inmensa dignidad de ser tus hijos,

no dejes que el pecado y que la muerte

destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste

al hombre de caer en el vacío,

recréanos de nuevo en tu Palabra

y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste

al mundo de los hombres a tu Hijo,

no dejes que se apague en nuestras almas

la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Salmo 130

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. (Mt 11, 29)

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

Salmo 131

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)

Señor, tenle en cuenta a David

todos sus afanes:

cómo juró al Señor

e hizo voto al Fuerte de Jacob:

«No entraré bajo el techo de mi casa,

no subiré al lecho de mi descanso,

no daré sueño a mis ojos,

ni reposo a mis párpados,

hasta que encuentre un lugar para el Señor,

una morada para el Fuerte de Jacob.»

Oímos que estaba en Efrata,

la encontramos en el Soto de Jaar:

entremos en su morada,

postrémonos ante el estrado de sus pies.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,

ven con el arca de tu poder:

que tus sacerdotes se vistan de gala,

que tus fieles te aclamen.

Por amor a tu siervo David,

no niegues audiencia a tu Ungido.

Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»

Salmo 131

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)

El Señor ha jurado a David

una promesa que no retractará:

«A uno de tu linaje

pondré sobre tu trono.

Si tus hijos guardan mi alianza

y los mandatos que les enseño,

también sus hijos, por siempre,

se sentarán sobre tu trono.»

Porque el Señor ha elegido a Sión,

ha deseado vivir en ella:

«Ésta es mi mansión por siempre,

aquí viviré, porque la deseo.

Bendeciré sus provisiones,

a sus pobres los saciaré de pan;

vestiré a sus sacerdotes de gala,

y sus fieles aclamarán con vítores.

Haré germinar el vigor de David,

enciendo una lámpara para mi Ungido.

A sus enemigos los vestiré de ignominia,

sobre él brillará mi diadema.»

El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro de Tobit · 10, 8-11, 18

Cuando pasaron los catorce días de fiesta que Ragüel había jurado hacer a su hija por la boda, Tobías fue a decirle:

«Déjame marchar, porque estoy seguro de que mi padre ;y mi madre piensan que no volverán a verme. Te ruegos: padre, que me dejes marchar a mi casa. Ya te dije en qué situación los dejé.»

Ragüel respondió:

«Quédate hijo, quédate conmigo. Yo mandaré un correo a tu padre, Tobit, con noticias tuyas.»

Pero Tobías repuso:

«No, no. Por favor, déjame volver a mi casa.»

Entonces, Ragüel, sin más, entregó a Tobías su mujer, Sara, y la mitad de sus bienes, criados y criadas, vacas y ovejas, burros y camellos, ropa, dinero y vajilla. Los despidió sanos y salvos, diciéndole a Tobías:

«Salud, hijo. Que tengas buen viaje. El Señor del cielo os guíe, a ti y a tu mujer, Sara. A ver si antes de morirme puedo ver a vuestros hijos.»

Luego, dijo a su hija Sara:

«Ve a casa de tu suegro. Desde ahora, ellos son tus padres, como los que te hemos dado la vida. ¡Ojalá puedas honrarlos mientras vivan! Vete en paz, hija. A ver si mientras vivo no oigo más que buenas noticias tuyas.»

Los abrazó y los dejó marchar. Edna se despidió de Tobías:

«Hijo y pariente querido, que el Señor te lleve a casa. A ver si antes de morirme puedo ver a vuestros hijos. Delante de Dios te confío a-mi hija, Sara. No la disgustes nunca. Anda en paz, hijo. Desde ahora yo soy tu madre, y Sara es tu hermana. ¡Ojalá viviéramos todos juntos toda la vida! »

Los besó y los despidió sanos y salvos. Así marchó Tobías de casa de Ragüel, sano y salvo, alegre y, alabando al Señor de cielo y tierra, rey del universo, por el éxito del viaje. Cuando estaban cerca de Caserín, frente a Nínive, dijo Rafael:

«Tú sabes en qué situación quedó tu padre. Vamos a adelantarnos a tu mujer, para preparar la casa mientras llegan los demás.»

Caminaron los dos juntos, y Rafael le dijo:

«Ten a mano la hiel.»

El perro fue detrás de ellos. Ana estaba sentada, oteando el camino por donde tenía que llegar su hijo. Tuvo el presentimiento de que llegaba, y dijo al padre:

«Mira, viene tu hijo con su compañero.»

Rafael dijo a Tobías antes de llegar a casa:

«Estoy seguro de que tu padre recuperará la vista. Úntale los ojos con la hiel del pez; el remedio hará que las manchas de los ojos se contraigan y se le desprendan. Tu padre recobrará la vista y verá la luz.»

Ana fue corriendo a arrojarse al cuello de su hijo, diciéndole:

«Te veo, hijo, ya puedo morirme.»

Y se echó a llorar. Tobit se puso en pie, y, tropezando, salió por la puerta del patio. Tobías fue hacia él con la hiel del pez en la mano; le sopló en los ojos, le asió la mano y le dijo:

«Ánimo, padre.»

Le echó el remedio, se lo aplicó, y luego con las dos manos le quitó como una piel de los lagrimales. Tobit se le arrojó al cuello llorando, mientras decía: «Te veo, hijo, luz de mis ojos.»

Luego, añadió:

«Bendito sea Dios, bendito su gran nombre, benditos todos sus santos ángeles. Que su nombre glorioso nos proteja. Porque, si antes me castigó, ahora veo a mi hijo, Tobías.»

Tobías entró en casa contento y bendiciendo a Dios a voz en cuello. Luego, le contó a su padre lo bien que les había salido el viaje: traía el dinero y se había casado con Sara, la hija de Ragüel:

«Está ya cerca, a las puertas de Nínive.»

Tobit salió al encuentro de su nuera, hacia las puertas de Nínive. Iba contento y bendiciendo a Dios; y los ninivitas, al verlo caminar con paso firme y sin ningún lazarillo, se sorprendían. Tobit les confesaba abiertamente que Dios había tenido misericordia y le había devuelto la vista. Cuando llegó cerca de Sara, mujer de su hijo, Tobías, la bendijo, diciendo:

«¡Bienvenida, hija! Bendito sea tu Dios, que te ha traído aquí. Bendito sea tu padre, bendito mi hijo, Tobías, y bendita tú, hija: ¡Bienvenida a ésta tu casa! Que goces de alegría y bienestar. Entra, hija.».

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

Por los hechos tan excelsos de los santos mártires, en los que florece la Iglesia por todas partes, comprobamos con nuestros propios ojos cuán verdad sea aquello que hemos cantado: Mucho le place al Señor la muerte de sus fieles, pues nos place a nosotros y a aquel en cuyo honor ha sido ofrecida.

Pero el precio de todas estas muertes es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no habrá comprado la muerte única de aquel sin cuya muerte no se hubieran multiplicado los granos de trigo? Habéis escuchado sus palabras cuando se acercaba al momento de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

En la cruz se realizó un excelso trueque: allí se liquidó toda nuestra deuda, cuando del costado de Cristo, traspasado por la lanza del soldado, manó la sangre, que fue el precio de todo el mundo.

Fueron comprados los fieles y los mártires: pero la fe de los mártires ha sido ya comprobada; su sangre es testimonio de ello. Lo que se les confió, lo han devuelto, y han realizado así aquello que afirma Juan: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Y también, en otro lugar, se afirma: Has sido invitado a un gran banquete: considera atentamente qué manjares te ofrecen, pues también tú debes preparar lo que a ti te han ofrecido. Es realmente sublime el banquete donde se sirve, como alimento, el mismo Señor que invita al banquete. Nadie, en efecto, alimenta de sí mismo a los que invita, pero el Señor Jesucristo ha hecho precisamente esto: él, que es quien invita, se da a sí mismo como comida y bebida. Y los mártires, entendiendo bien lo que habían comido y bebido, devolvieron al Señor lo mismo que de él habían recibido.

Pero, ¿cómo podrían devolver tales dones si no fuera por concesión de aquel que fue el primero en concedérselos? ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación.

¿De qué copa se trata? Sin duda de la copa de la pasión, copa amarga y saludable, copa que debe beber primero el médico para quitar las aprensiones del enfermo. Es ésta la copa: la reconocemos por las palabras de Cristo, cuando dice: Padre, si es posible, que se aleje de mí ese cáliz.

De este mismo cáliz, afirmaron, pues, los mártires: Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. «¿Tienes miedo de no poder resistir?», «No», dice el mártir. «¿Por qué?», «Porque he invocado el nombre del Señor.» ¿Cómo podrían haber triunfado los mártires si en ellos no hubiera vencido aquel que afirmó: Tened valor: yo he vencido al mundo? El que reina en el cielo regía la mente y la lengua de sus mártires, y por medio de ellos, en la tierra, vencía al diablo y, en el cielo, coronaba a sus mártires. ¡Dichosos los que así bebieron este cáliz! Se acabaron los dolores y han recibido el honor.

R. Los santos mártires derramaron gloriosamente su sangre por el Señor; amaron a Cristo durante su vida, lo imitaron en su muerte. * Por eso, merecieron recibir la corona del triunfo.
V. Tenían un solo Espíritu, y una sola fe.

Oración

Al recordar hoy el triunfo de tus mártires san Cosme y san Damián, tu Iglesia, Señor, te glorifica y te da gracias, porque, en tu admirable providencia, a ellos les has dado el premio merecido de la gloria eterna y a nosotros la ayuda de su valiosa intercesión. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.

Liturgia de las Horas — El Buen Pastor (provisorio)